POESÍA ZENER-TRANS-VERSAL: Una conversa con Juan José Rodríguez Santamaría

Posted: viernes, enero 03, 2014 by Walter L. Bedregal Paz in
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POESÍA ZENER-TRANS-VERSAL:
Una conversa con Juan José Rodríguez Santamaría
Por Darwin Bedoya Bautista




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No cabe duda que los signos comunes de nuestro tiempo son liderados por el desencanto y la contrariedad. Bajo la sombra de ese estigma se han forjado nuestros últimos poetas y narradores latinoamericanos. Pero no solo eso, el desencanto y la contrariedad parecen arraigarse cada día más, lo que supone que durante un buen tiempo ese va a ser el norte magnético que signará a la poesía en tanto arte y cultura. Y es que, de un modo u otro, estamos inmersos en un mundo asfixiante, hipertélico, en el que la necedad y la sandez imponen su perpetua tiranía, a tal punto que nos hemos recluido en una especie de solipsismo colectivo que nos destierra voluntariamente fuera de esa red caótica, o que, a la inversa y de modo fatal, nos introduce de forma autómata e inercial al engranaje que todos hemos creado y que a su vez ha devenido en nuestra pesadilla compartida: la sociedad tal cual es. Tanto o igual a esa colectividad que Vargas Llosa ha venido a llamar «La civilización del espectáculo», pues estamos en un mundo donde el primer lugar en la tabla de valores vigente lo ocupa el entretenimiento, donde divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal. Una sociedad donde se da la banalización de la cultura, la generalización de la frivolidad, la chismografía y el escándalo. Es en este contexto que aparece Estereozen (Tribal editores, 2012, 130 pp. Perú.) de Juan José Rodríguez Santamaría, autor de cuatro poemarios anteriores con quien dialogamos a propósito de Estereozen, un poemario sorprendente en cuanto a experimentación y propuesta, casi una contrapoética, casi una diversidad progresiva, casi un dislocamiento o ruptura dentro de ciertos márgenes establecidos-reiterativos. En este libro hay una poética transversal, una poética basada en una constelación de signos en búsqueda de lenguajes entrecruzados, un apocalipsis de palabras. Estereozen (escrito cuando el autor tenía la edad de Cristo) vislumbra un microprocesador con circuitos interface irrigados por  un voltaje incalculable y con un amperaje que se aleja hartamente de los caballos de fuerza. Versos que generan una ráfaga de pulsos de considerable intensidad. Poesía de alta frecuencia, poesía que mantiene en su escritura el enjambre del acontecimiento como pura multiplicidad narrativizada por un ojo avizor y profundo. Palabras magnéticas. Circuitos mixtos de expansión, esta nueva poesía.


«UN HABLA MOLIDA, APACHURRADA, COSIDA Y DESCOSIDA, SERÍA MÁS PRECISO
PARA HABLAR DE LO QUE YO HAGO»


- Alguna vez conversamos, aunque muy brevemente, de tus primeros versos, de algunos textos diseminados por la red; incluso habíamos rastreado algunas cosas que tenían que ver con la vanguardia y la poética de Carlos Oquendo de Amat, ¿háblanos de cómo empezaste a escribir poesía y de aquel periodo que tal vez tenga que ver conLos rastros (2006), tu primer poemario?
- Antes de Los Rastros yo había publicado dos plaquetas que reuní en ese libro. En todo caso, puedo decir que Los Rastros estaba apegado a una fuerte tradición simbolista. Yo quería concentrar mundos en pocas palabras, pero ahora me parece que eso es un proceso más. Me gustan aún algunos poemas de ese libro. Sin embargo, yo tenía hacia el 2005, un libro muy experimental cuyos originales perdí o borré y que remití también a algún concurso donde no tuvo suerte. Después gané un concurso en España con un libro fuertemente influido por cierta lírica norteamericana —Wallace Stevens o James Wright— llamado Viaje a la mansedumbre. Por ese libro, mi escritura empieza a adquirir cierto interés en algunos lectores.

- Sí, leí algunos poemas sueltos de Viaje a la mansedumbre, ahí ya noto un aire experimental en tu poesía, tengo entendido que el libro fue publicado en 2009. Supongo que aquel libro tiene también algo que ver con tu estada en Madrid y tus estudios de traducción; pero especialmente tiene que ver con los dos primeros ejes temáticos que organizan de alguna manera tu poesía: la rememoración y el vacío, ¿qué nos puedes decir de ello y qué cosas podrías contarnos de aquella época y las filiaciones con Viaje a la mansedumbre?
- Es un libro nostálgico, lleno de reminiscencias biográficas diáfanas, aunque atravesado por una cierta sensación de vacío. Creo que efectivamente allí inician mis preocupaciones más personales como escritor. 
- Entre el asombro, el miedo y el goce estético, he disfrutado leyendo Barrido de campo (2010), Cromosoma (2011) y, hace poco, Estereozen (2012) y, junto a tu iconoclastia, a tu serie de propuestas estéticas, a las vers(i)o(ne)s, a las (re)aperturas de una poesía innovadora, donde el asunto más palmario es, sin duda, la fuerza imaginativa que tienes, sin embargo, entre estos libros también es posible encontrar una especie de hilo o cordón umbilical en tu discurso poético, ¿qué podrías decirnos respecto a ese espíritu que semeja una herencia surrealista en tu obra, hay vínculos con alguna obra o autor de aquel periodo en especial?
- Un amigo mío —quizás el mejor lector de poesía que conozco— me dijo que yo tengo un don natural para crear imágenes irracionales, así como otros tienen talento para hacer metáforas o poseen un oído refinado. Por eso, supongo que lo que dices del surrealismo no es impreciso. Mi poesía simplemente empieza a romper los límites de su propio lenguaje con Barrido de Campo. Debo admitir que esa liberación no surge de la lectura de los surrealistas —a quienes desde luego leí con interés— si no a la lectura de Hospital Británico de Héctor Viel Temperley. Mira que yo había leído a Perlongher hacia 2003, pero lo sentía como algo extraño en mi repertorio de lecturas más condicionado por un canon filohispánico. Creo que con Temperley —y Eduardo Milán— se establece ese puente con el que mi mente conecta cierta irracionalidad acumulativa con mis lecturas simbolistas. Y ahí comienzo a escribir Barrido de Campo, libro que por cierto debe además algo a la poesía de dos mexicanos: Jorge Esquinca y Litane de Alejandro Tarrab (quizás el único poeta contemporáneo mío de cuyo tono se impregnó ese libro).
- Creo que con Degenerativa  Tarrab logra la mejor cúspide de su poética. Pero sigamos con estas apuestas. Tu poesía ha sido motivo de varios puntos de vista hechos por la crítica; háblanos de esa poesía experimental, vertiginosa, explosiva, arriesgada, densa, ¿cómo es que surge esta forma de expresión estética que has logrado enBarrido de campoCromosoma y Estereozen, qué buscas con cada libro?
- En Barrido de campo, yo me propuse utilizar una sintaxis que se moviera entre cierta textura versicular y algo mucho más oral, casi rapeado. De hecho, hay varios textos sobre pintura que los escribí como si estuviera conversando a alguien de esos cuadros. Es un libro conceptual, pero atravesado por ciertos textos biográficos muy personales. Mi padre biológico, a quien sólo he visto una vez en mi vida y que es un pastor evangélico, resulta parodiado. Además hablo de una enfermedad metabólica que ahora, estos últimos meses, ha vuelto a afectarme.

Cromosoma es un libro más conceptual, pero también más personal. Cuando leí Las cuatro estaciones del argentino Arturo Carrera, me quedó la impresión de que podría hablar de estaciones, pero cromáticas, siguiendo el filón de una infancia, pero menos adánica o lárica, aunque también lo sea, sino más bien esquizoanalítica, utilizando el mismo recurso de Carrera de colocar un texto proemio a cada sección. Creo que hay antecedentes de esto en la lírica ecuatoriana. La referencia más antigua es un texto de Alfonso Espinosa Andrade, creo que del 1996,Breves anotaciones, y Demonia Factory de Ernesto Carrión o un libro muy extraño, muy importante y hermoso que es La piscina de Francisco Granizo.

Estereozen es el título de un poema de Cromosoma, donde hablo de la música y cómo ésta habita hoy una especie de universo fantasmal. Es un libro que comienza en la música y acaba en la biografía. Yo sentía que mi cabeza estaba bordeando una experiencia límite cuando lo escribí: y creo que mi salud mental también.

- Sí, en Cromosoma se nota esa pulsión extremada y el derroche de imaginación. Hablando de tus tres recientes libros, especialmente deEstereozen, el lector se puede dar cuenta, y no muy difícilmente, de una sucesión de símbolos, elementos dinámicos o imágenes que tienen que ver con una colección de animales, desde sapos hasta caballos, pasando por polillas, escarabajos y libélulas, ¿a qué espacio se puede asociar este tipo de constancias? ¿Acaso tienen que ver con algún aspecto contemplativo? ¿Podemos hablar o esbozar un bestiario poético y, en todo caso, qué representaría esto?
- Tengo una relación más fluida con las criaturas no humanas. Creo que por ello mis poemas están plagados de esos seres. Uno de mis tatuajes es un fragmento de Marossa di Giorgio que habla del martririo de «criaturas recién nacidas». Esa primordialidad del mundo animal y vegetal es constitutivo de mi mente, del modo en que se organiza respecto al mundo. Supongo que esto es una especie de flujo natural y que ha estado presente siempre, pero se ha hecho más aguda con la lectura de ciertos textos zen.
- Es este libro, Estereozen, no sólo se percibe un ejercicio que tiende a orientarse hacia la experimentación y licuación del habla, creo que también tiene que ver con el vacío, la volatilidad de las cosas, la pronta inexistencia. Está conectado también con la nulidad del conservadurismo estructural, con la revisión-extinción de las alianzas ideológicas con ciertos poderes hegemónicos y, por supuesto es también un «Tour de force» con tu propio lenguaje y tu poética. ¿Cuánto de verdad tiene esto? 
- En pensadores sociales como Zygmunt Bauman o del lenguaje como Paolo Virno, pero también en matemáticos como Mandebrot o físicos como Prigogyne, hay una fuerte inquietud sobre los términos en que somos capaces de organizar la realidad en el lenguaje. En todos ellos, se esgrime cierta imposibilidad de dar cuenta del mundo mediante los signos. Lo que creo es que la conciencia sobre la inconmensurabilidad de los fenómenos físicos y biológicos, así como la aceleración exponencial a las que se ven enfrentadas nuestras instituciones sociales, nos pone —o debería ponernos— una sobreduda sobre los materiales que utilizamos. Las palabras están amarradas al mundo, pero hay que darse cuenta con que hilos (o si son hilos). Yo me dado he cuenta que hay una tendencia a no preguntarse nada y sólo creer en el anecdotario personal y en la ebriedad lírica sin más. Eso a mí no me interesa o, para ser más exacto, me interesa sólo parcialmente. Como señalas, los poemas deben dejarse atormentar por los lenguajes de la historia, por el inconsciente del poder, por las gramáticas del tiempo.   

- Entran en Estereozen algunos poemas cuyos referentes aluden a la poesía española, del mismo modo que en «barrido de campo», en la sección, «Álbum de autor», aludes a la materia pictórica, con Egon Schiele a la cabeza. ¿Crees que haya en ello algún tipo de interconexión con los motivos estéticos que practicas actualmente? ¿O tal vez esto obedezca a un recuento vital de tus lecturas o percepciones artísticas, recordemos que lo mismo ocurre en el sector denominado «Metástasis» de Cromosoma donde aparecen Linh, Gamoneda, Perlongher, Pound, Ammons?
- Si algo caracteriza a lo que yo he escrito es una casi morbosa fascinación por las artes visuales. Muchos de mis poemas son écfrasis. En Barrido de campo, hay écfrasis sobre pinturas y programas de televisión. Hay varias écfrasis en Cromosoma que tienen su origen en la fotografía o el cine. Asimismo, algunas de mis lecturas claves son de la poesía española: Francisco Pino, Cirlot, Carlos Edmundo de Ory, Valente, Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Ullán, Gimferrer, Aníbal Nuñez, Olvido García y Jorge Riechmann. Muchos de mis poemas son collages y reciclajes donde pongo mis versos a discutir con los versos de algún poeta entrañable. Como esa entrevista que le hacían a de Ory donde decía que en las noches miraba al cielo y decía «hola, estrella». Creo que es una época donde el reciclaje simbólico puede ser.
- Los écfrasis son motivos muy recurrentes en la narrativa, pero ahora me doy cuenta que en tu poesía también hay écfrasis musicales desde Viaje a la mansedumbre, ¿puedes hablarnos de la importancia de esto en tu obra poetica?
- Me hubiera gustado ser pintor. Me gusta pensar que, cuando escribo, pinto. Los écfrasis son vasos comunicantes para comunicarme con los cuadros o fotografías que aprecio o admiro.
- Leyendo tu poesía, el lector no es ajeno a la intensidad y vertiginosidad con que se han escrito tus libros, y entonces uno termina preguntándose: ¿qué tipo de sugestión o motor hace que escribas con una progresión de alusiones directas al mundo electrónico-digital?
- Yo jugaba videojuegos en mi adolescencia. Mi ojo está educado en el zapping. Ahora, lo que yo trato de hacer es dejar que la música de las esferas, el dolce stil nuovo o la poesíagoliárdica abracen el lenguaje que usamos hoy, con un atropellamiento (estudiado a veces, fingido otras, plenamente instintivo otras) para expresar la sensibilidad de alguien que, como yo, vive en esta época.
- Asumiendo tu mundo electrónico, me preguntaba, y seguro que muchos lectores también, ¿cuál es tu visión del futuro?, ¿Por qué «La canción del último androide que me sueña» apertura Estereozen
- El título de esa sección se origina en un poema de Robert Pinski. El poema de Pinski hace referencia a una canción interpretada por un robot. Se me ocurrió que lo terrible —o cómico— sería que un robot pudiese soñar esa canción pensando en mí.  Mi inquietud es que en realidad nuestra vida está de facto atravesada por estos fenómenos. Los tecnopaganos a los que hace referencia Mark Dery en Velocidad de Escape creen en una especie de espiritualidad digital, y que en algún momento podremos transplantar nuestras conciencias a un dispositivo de almacenamiento capaz de recrear un yo unitario, una conciencia. No sé si esto sea posible, pero el hecho de que sea pensable ya debería interrogarnos sobre el modo en que entendemos el alma, la subjetividad, la trascendencia, la inmaterialidad, etcétera.

Ahora, no sé si hay una sola historia (en mayúsculas), pero no soy optimista respecto a la historia del mundo occidental. Vivimos una contradicción espantosa entre progreso y supervivencia. 

- Sí, creo que esa es la temporada que nos ha tocado vivir. Pero sigamos, otro punto tiene que ver con las regresiones que haces al tomar nuevamente temas ya visitados en un libro anterior, esto se puede ver entre barrido de campo y Cromosoma, y, por el adelanto de tres poemas tuyos que pertenecerían a Anhedonia, se podría decir también que Anhedonia y Estereozen tendrían mucho que ver en cuanto al eje temático: el asunto zen, ¿qué nos puedes decir sobre esta aseveración?
- El budismo comenzó a interesarme a partir de las lecturas a que me llevó el estudio de ciertos libros de Alexis Naranjo y del colombiano Álvaro Rodríguez Torres. Yo creo que Alexis ha escrito libros muy importantes y me siento muy cercano a ciertos aspectos de su sensibilidad poética. Me he prometido a mí mismo profundizar más en el budismo zen, ya en términos vitales, en un futuro próximo.

- Creo que se están revisitando varios temas así en la última poesía latinoamericana. Hace poco  leí Yoga de Manuel Barrios. Pero sigamos. En «Una canción a comienzos de siglo», prólogo al mapa poético de Maurizio Medo, Un país imaginario. Escrituras y transtextos 1960-1979, donde, casi cerrando el libro, estás antologado, allí Medo señala que tu poesía es una licuación del habla, que además tiene una carga visual y una condensación-expansión, ¿cuál es tu punto de vista sobre esa apreciación y cuánta conexión tiene con tu poesía?
- Medo escribió un libro que yo admiro mucho que se llama Sparagmos. No sé cómo se perciba la poesía de Medo en Perú o en otras partes de Latinoamérica. Sin embargo, yo creo que ese libro es fascinante. Como Lejanías de Enrique Bacci. Ahora, si me preguntas que pienso de lo que dice Medo, pues me parece harto generoso, sin embargo, debo decir que ese estado de licuación es más evidente en la poesía de alguien como Andrés Villalba Becdach donde él habla verdaderamente es “licuada” por una especie de fuerza centrífuga. Yo me detengo antes. Un habla molida, apachurrada, cosida y descosida, sería más preciso para hablar de lo que yo hago.
- Tienes razón en cuanto a Sparagmos, es un libro totalizador, épico, resquebrajador del habla y, sobre todo, desestabilizador en cuanto a la consideración tonal. También un libro de mezclas, de realidades y delirios mentales como señala Milán en el colofón. Por eso aprovecho este libro para revisar el mapa latinoamericano de la poesía contemporánea, hay varios poetas jóvenes que están imbuidos en la reescritura, ¿cuál es tu concepción de las reescrituras poéticas?, considerando que en Estereozen, hay una especie de reescritura que tiene que ver con ciertos de tus poetas favoritos de España; ego aparte, participo de tu gusto por José-Miguel Ullán y su poesía que empieza por poner a prueba el alfabeto, verificando tanto su condición material como su calidad aleatoria. Si lo primero es la grafía, lo otro es la sintaxis, Julio Ortega dixit.
- Me parece que la reescritura es una traducción en tu misma lengua. Y tiene un sentido ontológico evidente. El mundo está cada vez más roto. Es muy complejo que un poeta latinoamericano sea verdaderamente conocido en Europa y que ese conocimiento despierte interés —más allá de la curiosidad antropológica—, por unas brechas de sensibilidad o de desarrollo de las mentalidades que se han vuelto enormes. Y no sólo eso. La poesía que se escribe en, digamos, Francia, apenas sí puede ser conocida hoy por hoy en este lado del charco. El último poeta francés que leí yo fue Denis Roche (y es genial, claro). Por eso, el ejercicio que hicieron desde Paz hasta Girri, pasando por Gonzalo Arango —que tradujo a E. Dickinson—, creo yo aparece ahora remitido al ámbito del propio idioma. Traducir a Perlongher, por ejemplo, al español altoandino puede ser un trasvasamiento muy poderoso. Hay cosas hermosas del extraordinario poeta chileno Héctor Hernández en esta línea. Y un texto extravagante de mi amigo querido César Eduardo Carrión sobre un texto de Lezama. Yo hice ese Karaoke con poetas españoles básicamente porque necesitaba que esas voces se mezclaran en mi cabeza.
- Eduardo Milán, a propósito de Estereozen, señala en el colofón al mismo libro: En un acto de extraña lucidez, Juan José Rodríguez reúne toda la conciencia disponible para el registro de los acoplamientos, de lo sobrepuesto, de las capas geológico-poéticas virtualizadas en la vida no virtual, en un espacio, el poético, que parece prestarse a todo. El choque mayor es entre dos conceptos, el de naturaleza y el de inmaterialidad, en una embestida en la que cada uno mete mano al instrumental de ataque del que dispone: la naturaleza y la vida y su sabiduría milenaria acumulada en cada cosa, desde el cielo al grano, pasando por el dios que en Oriente en vez de estar encima está en medio, entre y en las cosas. […] Se asiste en «Estereozen» a un mundo de cosas vaciadas por derrame, por succión inmaterial, succionadas por murciélago. Añade Milán: En la poesía latinoamericana actual es muy raro encontrar un lenguaje que se exponga al receptor con toda su posibilidad de estar en crisis, de ofrecerse a debate, de pasar la prueba de descalificación, una prueba necesaria para una poesía negada a vivir de los réditos del pasado. ¿Qué reflexión te merece la opinión de la escritura en pedazos que da sobre tu trabajo Milán? Y, además, ¿cuánto de esto está interconectado con tu poética?
- Milán es generoso, pero acierta en lo de los pedazos. Dar una idea de un mundo unitario, de una experiencia individual hiperconfigurada, es mentir o ser un tonto alegre (hay un poeta ecuatoriano que es casi como el Forrest Gump de la lírica). Yo no troceo a propósito. Sólo manifiesto las zonas de tensión que están en mi cabeza y que puedo apreciar en el mundo. En mi nuevo libro, Anhedonia, he optado por hacer poemas, pero no porque son más bacanes, ni porque esa es la onda. También son poemas, pero poemas rotos. El sistema de referencias que los atraviesa es el mundo quebrado donde se acabaron las razones para sentir placer: eso es la anhedonia.

- Al enfrentarnos a la lectura de Estereozen, uno recuerda la teoría del extrañamiento-miedo de Sklovsky que se sustentaba en el planteamiento de que: «La finalidad del arte es proporcionarnos una sensación del objeto, una sensación que debe ser visión y pulsión, pero que no sólo esté basada en el reconocimiento. Para conseguir este resultado el arte se sirve de dos artificios: el extrañamiento de los objetos y la complicación de la forma, con la cual se logra aumentar la dificultad de la recepción y prolongar su duración.» Entonces el extrañamiento tiene que ver con el miedo, quizá por ello Alexis Naranjo, basado en la psicotomía y noutomía de Ceronetti, en la nota prologal al libro ha hablado de un cierto miedo, de un temblor que provoca el leer estos versos, temor que yo comparto y percibo de acuerdo a la progresión lectora que me ha tocado, ahora, en ese sentido, ¿cómo ves tú la percepción del lector que asume o que se enfrenta a tus libros? ¿Piensas en el lector cuando escribes, tiene alguna importancia eso?
- Estereozen es un libro escrito durante una crisis personal inmensa. Si alguien lee el poema final, es más confesional que toda la poesía de la emoción junta. Pero no es algo deliberado. Es algo que surge. Desde luego, hay otros pasajes del libro que son más intelectuales, más estudiados. Sin embargo, fue un libro que necesitaba escribir para darle forma a una serie de inquietudes profundas y miedos devastadores que me estaban socavando en ese momento. Por eso, te diría que, más que en una poesía de la emoción, creo que en una poesía de la conmoción. Si alguien se conmociona-conmueve por algún fragmento del Estereozen, me parece fantástico.

- Debido a la publicación de Una cosa natural. 29 poetas norteamericanos (2009), sabemos de tu interés e inclinación y hasta cierto punto influencia de poéticas norteamericanas, un caso específico es Ammons, sabemos también que estudiaste traducción en Madrid, dinos ¿cuánto influye en tu trabajo como traductor de poesía el hecho de que seas poeta? ¿Es más fácil traducir poesía para un poeta que para alguien que no la escribe? Además, cuán cierto es que leer a un poeta en su lengua original es distinto a leer una traducción y en consecuencia, esto explica que haya más fidelidad de lecturas en quien lee a un autor en lengua originaria, ¿Es verdad que se parte o deshace el pensamiento rítmico, la sustancia musical del texto original? ¿Cuánto de ello es cierto?
- No he escrito traducciones en mucho tiempo, aunque durante una época me entusiasmó ese ejercicio. Sigo leyendo, especialmente poesía anglosajona. Me parece bello lo que sucede cuando se lee algo en una lengua ajena a la materna. El click, la epifanía resulta doble. Sin embargo, para traducir hay que —sobre todo— implicarse espiritualmente en el poema original. No sé si tienes que ser Dante para hacerlo, pero algo de poeta debe tener el traductor de poesía.
- Insistiendo con el tema de la importancia de los lectores, ¿crees que los poetas talentosos a veces pecan de un exceso de talento y que por ello mismo, a menudo, imponen a los lectores sus excesos?
- No sé si es cosa de ser talentoso, si no quizás de la consecuencia del propio riesgo. Hay la referencia  en La máscara, la transparencia de Guillermo Sucre habla sobre el autor de El Círculo de los tres soles de Rafael José Muñoz. Sucre dice que, por momentos, Muñoz incurre en lo energuménico. Esto sería básicamente ser complicado y no complejo. Yo creo que esto se puede medir en relación al grado de complejidad del tema que el poeta se impone. Además, cuando uno lee a Rafael José Muñoz, en realidad, uno se asoma a un precursor de mucha poesía que celebramos como contemporánea. Ahora, la complejidad, la densidad del lenguaje tiene que estar habitada por un ser vivo, si no, es mera retórica, lo mismo que un soneto para el vino de la tarde.

- En Latinoamérica se publica una buena cantidad de poesía, incluso podríamos hacer delimitaciones que empalmarían con los innovadores, los reescribientes, los experimentales, los de un resurgimiento de la poesía, ¿cómo ves la calidad, el nivel de poesía que se publica en este territorio, especialmente la poesía de tu país, considerando que tú también practicas el ejercicio crítico?
- A mí me parece que se escriben cosas muy interesantes. A mí particularmente me entusiasman poetas como Alexis Naranjo y Paco Benavides, que es un tanto desconocido fuera del país. Me gustan libros como Los ganadores y yo de Fernando Escobar Páez,Devastación de la tarde de Santiago Vizcaíno y Muñones de Andrés Villalba. Hay libros anteriores, importantes, como Demonia Factoryde Ernesto Carrión, Cuadernos de Indiana de Luis Carlos Mussó,Diálogo de los gentiles de David G. Barreto o Limalla Babélica de César Eduardo Carrión. Estoy esperando ansiosamente el libroTrasnoche de María de los Ángeles Martínez que ojalá pueda leer pronto.
 
- El poeta peruano Mario Montalbetti, hace poco hablaba de la importancia de la tradición poética con estas palabras: en el Perú todos dicen «es imposible escribir poesía si no has leído a Vallejo». Hay quien dice que no lo ha leído, intentando salirse de eso, pero cuando escribes lo ves ahí y te das cuenta que alguien lo ha leído por ti y se te ha quedado. Es mejor leer la fuente directa. Ahora, ¿qué hace Vallejo? En «Trilce», especialmente, escribe de tal manera que logra armar uno de los libros más difíciles que tiene la lengua castellana, un libro al que le proponemos las preguntas equivocadas, queremos saber qué quiere decir Vallejo, cuál es el mensaje de Vallejo, y no va por ahí, no va por el mensaje, va por otro lado y —precisamente— ese «lado» por el que va es destruir la autoridad de la lengua, hablar de otra manera y jugarse el riesgo de que, tal vez, esa otra manera sea una especie de hueco negro. Vamos al otro extremo que son los últimos poemarios de Blanca Varela, a partir de «Concierto Animal». ¿Qué hace la poeta? Escribe versos que son casi literales, es decir, casi no hay imagen que no sea la imagen real de estos versos. Dice: una mujer lleva una canasta sobre su cabeza y es una mujer que lleva una canasta sobre su cabeza. Sin embargo, a pesar de ser absolutamente literal, produce una poesía de altísimo nivel. ¿Cómo lo hace? Por un lado, Vallejo lo hace diciendo no es por aquí, es casi al extremo de la lengua; en cambio Varela dice: no, es exactamente en el centro de le lengua. Es muy difícil hacerlo, por eso muy poca gente ha logrado poesía; por eso la importancia de saber la tradición, no para escribir como Vallejo, como Blanca Varela, sino para ver en ellos ciertos modelos de qué cosa puedes hacer para desestabilizar un poco el poder de la lengua. ¿Puedes hablarnos de la tradición literaria, como innovador y hasta cierto punto rupturista que eres, considerando además que tienes presente nombres de valía en tus libros, además, por supuesto sobre la desestabilización de la lengua, todo vinculado con tu poética?
- Vallejo es intocable. Como Perlongher. Son niveles de singularidad muy, muy altos. Sin embargo, mis maestros espirituales quizá sean más bien autores como Sánchez Peláez o Jaime Sáenz. Desde luego, todos ellos me parecen fascinantes. Sin embargo, hay autores que alcanzan ese nivel de singularidad apenas en un solo libro o, inclusive, en un solo poema. A mí hay un poema de Ángel González que me parece increíble, pero el resto de su obra no me interesa demasiado. Creo que eso es una mezcla de muchas coordenadas, las experiencias vividas, las lecturas (que deben ser muchísimas si algo de singularidad se propone alcanzar), la densidad espiritual del sujeto, el talento (un oído atento, una capacidad de crear imágenes, una inteligencia sinestésica, una sensibilidad abierta), etcétera.

- En Colombia Andrea Cote, en México Alejandro Tarrab y Rodrigo Flores, en Uruguay José Manuel Barrios, en Chile Héctor Hernández Montecinos, Paula Ilabaca, Javier Bello  y Germán Carrasco, en Argentina Mario Arteca, en Ecuador, aparte de tu trabajo, están Ernesto Carrión, César Eduardo Carrión y Avecillas, en Perú Maurizio Medo son, de alguna manera, como los ha llamado Alexis Naranjo, los nuevos illuminatti, los que tienen mayor ejercicio poético experimental, son los que están trazando una nueva poesía que tiene que ver con el ready-made, con el work in progress, con la metapoética, tal vez todo esto sea un panóptico de multiplicidades que emergen desde este espacio hispano, ¿qué te parecen estos corpus de heterogeneidad, esta pluralidad de experimentaciones y voces nuevas de las que goza nuestra poesía? ¿Hay aspectos más que relevantes en esta poesía, existen conexiones entre estas escrituras aún emergentes?
- No sé si hay algo que las conecte plenamente. Creo que hay vínculos entre ciertas escrituras y entre esas y otras pero quizás con otras no. Un canon de pase y siéntese, pero en un pueblo fantasma. Sin embargo, hay vínculos, claro. Ahora, a mí se me ocurren otros nombres también importantes como Rogelio Saunders, Damaris Calderón, Minerva Reynosa, Eduardo Padilla, Felipe García Quintero, Martín Gambarotta, Luis Felipe Fabre, Rafael Espinosa, Enrique Bacci, Norys Saavedra, Paula Ilabaca, Felipe Ruiz… Hay muchos nombres.
- Sí, notable lo de Felipe García Quintero, hace poco leí Siega de él y me causó el extrañeza que causan los indiscutibles libros, tanto o igual a lo que vienen escribiendo Espinosa, Ilabaca, Ruiz o Avecillas. Pero sigamos poniendo las cartas sobre la mesa. Dejando por un momento a los jóvenes no tan jóvenes, pero innovadores o experimentadores; puedes hablarnos de los poetas de siempre, de los maestros de la poesía y de los momentos relevantes que ésta tuvo. Hace poco Jorge Fernández Granados decía del neobarroco, que con todos sus lúcidos detractores, sus apasionados practicantes y sus demasiado pacientes lectores, es el único movimiento originado en la poesía latinoamericana de los últimos treinta años que ha influido a todo el cuerpo de la poesía de nuestra lengua. ¿Qué nos puedes decir de todo esto?
- Habría que preguntarnos qué entendemos por neobarroco. Si hablamos de Lezama Lima o de Perlongher. Ambos responden a momentos distintos. Ahora, si hablamos del trayecto que los reúne, con todas la voces que están en medio como Vitier, García Vega, Kozer, Echavarren, Espina, Batista, la primera Coral Bracho, y otras escrituras que no son neobarrocas, pero comparten ciertos principios con estos poetas como Zurita o Milán, pues habría que estar de acuerdo. Creo que ahí hay un núcleo generador en el neobarroco que es irreductiblemente latinoamericano. Ahora, no sé si eso tiene consecuencias o no tendría por qué tener consecuencias específicas en la poesía que se escriba de hoy en adelante. Sin embargo, creo que no hacerlo sería obviar un legado poderoso e inmenso.

- Buena onda la trilogía en gradación inversa-reversa que representan Lezama-Kozer-Echavarren. Regresando a tu labor de crítico y ensayista, me gustaría saber sobre tu cartografía de la nueva poesía latinoamericana, ¿cuáles serían los libros imprescindibles en la nueva poesía latinoamericana? O, en todo caso, ¿qué voces te parecen interesantes?
- Arriba hice referencia de algunas voces que me importan, pero señalaré algunos libros: Guatambú y La impresión de un folleto de Mario Arteca, Cabaret Provenza de Luis Felipe Fabre, Midland de Enrique Bacci, Los hombres ranaAmados transformadores de corriente de Rafael Espinosa, Kubla Khan de Julián Herbert, Trenes de Felipe Ruiz.

- Creo que de este grupo me quedo con GuatambúCabaret Provenza  y Trenes que aunque son disímiles, tienen en común el espíritu bifurcador. En fin, ya un poco para concluir, ¿qué nos puedes decir de las prácticas de crítica literaria en el cosmos poético latinoamericano, para no ir más allá donde, a pesar de todo, se siguen sacando los ojos?
- Creo que hay mucha crítica de cantina, pero se escribe poca crítica consecuente, aunque se lee más poesía de lo que parece. Raro ¿no? Además, algunos olvidan que la crítica debe surgir de una intimidad con el texto, de que, como decía Paz, debe haber generosidad en los acercamientos.

- A un poeta que como tú escribe incesantemente, no se le debería dejar de preguntar, en ocasiones como ésta, sobre: ¿Cuáles son los proyectos poéticos en los que estás trabajando actualmente, qué libros, aparte de Anhedonia, debemos estar esperando ya?
- He escrito algunos versos que todavía no tienen lugar. Se tardará, pero será extenso. Espero que sea interesante.

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Tomado del blog: www.letras.s5.com

PRONTO "LA OTRA MIRADA" de Luis Pacho

Posted: miércoles, diciembre 25, 2013 by Walter L. Bedregal Paz in
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LA OTRA MIRADA
Luis Pacho
Serie de narrativa breve Presagio Nº 11
Grupo Editorial Hijos de la lluvia
Pp. 96
ISBN: 978-612-4177-09-5
Lima, 2013


Estos nueve relatos proponen un recorrido por los territorios que colindan la memoria y la imaginación. Luis Pacho no sólo vierte aquí sus recuerdos, sino que indaga en la memoria colectiva. Los nombres y los referentes de estas historias están sacados de la realidad, pero sus actos y palabras son fruto de la más elocuente y descarnada sucesión de memorias fabulescas. Hurgando en sus propios recuerdos, el autor ha construido un mapa de ausencias y lejanías para hablar de los duros días de la infancia y de la juventud, del desgarro que supone vivir en un mundo sórdido donde no hay lugar para la carencia y la ingenuidad. En estos textos los personajes buscan lo que no se tiene, anhelan lo prohibido, lo que está más allá de las reglas: lo imposible. Ellos saben, presienten que nunca conseguirán lo que quieren. Estos personajes son como las soledades persistentes que sobreviven en los ichus y en la cima de los apus. Son los mismos que ahora invitan al lector a pasear por un espacio sincrético, mágico, poético, realista, andino, melancólico; todos casi en partes y medidas iguales. Es con estos breves textos que Luis Pacho pone a nuestro alcance un muestrario de lecciones de ausencia y desasosiego. 

Darwin Bedoya






Luis Pacho
(Laraqueri, Puno - 1969).
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Docente y abogado. En poesía, ha publicado Geografía de la Distancia (Lima, 2004) y Horas de sirena (Lima, 2010). Obtuvo el Primer Premio de poesía en los VII Juegos Florales de la UNA de Puno en el 2001 y el Tercer Premio de poesía en el Concurso Nacional HORACIO-2008; y, menciones en diversos concursos de cuento. Ha co-dirigido las revistas de cultura y literatura Cuarto intermedio, Ojo de saurio y Pez de Oro. Textos suyos han sido publicados en el semanario El Búho de Arequipa; y, en revistas de literatura y cultura de Lima, como Olandina, Arteidea, Revista Peruana de Literatura y Lhymen, entre otros. Forma parte de las siguientes antologías: Antología comentada de la literatura puneña de Feliciano Padilla; 10 años de literatura puneña de Jorge Flórez Áybar; Aquí no falta nadie. Antología de poesía puneña de Walter Bedregal Paz; y, Beso de lluvia. Literatura puneña de José Luis Velásquez Garambel. Actualmente co-dirige la Revista de Literatura Letras del Lago, y escribe regularmente en el diario Los Andes de Puno y el Boletín de letras y memoria El Katari. Administra el blog: http://luispacho.blogspot.com/

HETERÓNIMOS EPÓNIMOS en la narrativa reciente de Feliciano Padilla

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HETERÓNIMOS EPÓNIMOS
en la narrativa reciente de Feliciano Padilla




                                                        darwin bedoya



No sé quién soy, qué alma tengo. Cuando hablo con sinceridad no sé con qué sinceridad hablo. Soy diversamente otro que un yo que no sé si existe (si es los otros). Siento creencias que no tengo. Me arroban ansias que repudio. Mi perpetua atención sobre mí perpetuamente me apunta traiciones de alma a un carácter que tal vez no tenga, ni ella crea que tengo. Me siento múltiple. Soy como una habitación con numerosos espejos fantásticos que tuercen hacia reflejos falsos una única anterior realidad que no está en ninguno y está en todos. Como el panteísta se siente árbol o incluso flor, yo me siento varios seres. Me siento vivir vidas ajenas, en mí, incompletamente, como si mi ser participase de todos los hombres, incompletamente de cada uno, mediante una suma de no-yos sintetizados en un yo postizo.

Fernando Pessoa, Teoría poética, 1985



0.- LA ESCRITURA:
Refiriéndose a la creación literaria, Wilde señalaba que dos eran las claves de la creación literaria: la niñez del escritor y el mundo de sus sueños. Si bien es cierto, hay una intrínseca afinidad entre el sueño y la escritura literaria, correlación que surge a cada instante, ya sea que se trate de imágenes oníricas o de imágenes poéticas. Si el Sueño y la Muerte eran hermanos en la antigua tradición helénica, hoy podríamos decir que no ha cesado este parentesco, y es que en el imaginario desarrollado a través de la línea realista-imaginista-simbolista-surrealista, sigue dándose la ficcionalidad, pues donde el sueño y la imaginación del escritor convergen como hermanos y como una unidad —no solo porque están animados por una lógica semejante y porque se nutren el uno del otro—, sino también porque ambos constituyen una preparación para el destino último del hombre: la muerte.
Somos conocedores que el sueño y la vigilia se presentan muy a menudo en la literatura contemporánea, y la obra de Feliciano Padilla no está libre de esto, ya que estos dos elementos los podemos encontrar como mundos yuxtapuestos; pero nacidos de una transformación alquímica de los materiales existenciales en los libros de este escritor. En segundo lugar, el sueño remite a lo infernal, en términos míticos al mundo de Hades y Perséfone, es decir a la muerte. En tercer lugar, precisamente porque el Hades no es solamente el mundo que aniquila sino también la sede de una inteligencia incomparable, es fundamental llegar hasta esa inteligencia escondida y dialogar con ella. Finalmente, la sumisión inerme a ese mundo contiene un peligro en acecho, que es el del abandono suicida, el de la fascinación destructiva de la muerte, es desde esta visión que contemplaré los heterónimos epónimos en Diez cuentos de un verano inolvidable (Grupo editorial Hijos de la lluvia, 78pp. 2013) de Feliciano Padilla.

Feliciano Padilla

I.- LOS HETERÓNIMOS EPÓNIMOS:
La heteronimia o las máscaras han sido utilizadas desde épocas remotas y en todas las culturas, ya sea con un sentido ritual-religioso, en actos guerreros o con fines de carácter dramático. Se tiene conocimiento de ellas desde el periodo paleolítico y su finalidad ha sido la misma: cubrir, velar y disfrazar la cara; proteger, transformar y conferir otra identidad a quien la porte. Ha sido creencia antigua que el hombre que viste una máscara es poseído por el espíritu que la habita o representa. Incluso, en la actualidad hay culturas que mantienen el dogma de que algunas caretas poseen grandes poderes y que son peligrosas si no se tratan con los ritos adecuados. Es usual que al escribir el autor realice con tinta cosas que de cotidiano no diría o haría. En la escritura, el autor se desdobla en «otro» que ya no es él mismo, sino un «otro» imaginario: una prolongación ficticia del «yo», distinto al «yo» histórico que siente y piensa de manera personalísima. Lo plasmado en el texto puede o no corresponder fielmente a los sentimientos individuales del escritor, pues éste tiene la facultad de tomar la palabra no sólo para hablar por sí mismo, sino también para decir de lo que acontece dentro y fuera de él y, finalmente, plasmar inquietudes tanto individuales como generales. La escritura es un medio de despersonalización.
Escribir permite al autor de carne y hueso entrar en un proceso ficcional que lo separa de la realidad: sus anécdotas contendrán dosis de imaginación y su figura personal se diluirá dando paso a otro «yo» que no es él, por lo que podrá encarnar un sinnúmero de posibilidades e, incluso, hacer un personaje de sí mismo. La «posesa», el «doble», la despersonalización y la proyección de lo que no se es de manera revelada, perfilan una estética que desemboca en la heteronimia: procedimiento creativo alterno que es utilizado por el escritor para, entre otros, despojarse de sí y liberar sus inquietudes, a través de la invención de «personajes vivos» que dirán, con un estilo propio y ajeno, pensamientos que en su nombre no expresarían. La heteronimia es un recurso poético de fingimiento y enmascaramiento, es un disfraz y una apuesta de creación que convoca a un juego laberíntico de personalidades. La heteronimia es una postura, una simulación, una apariencia; otra forma técnico-estilística para representar realidades y sensaciones.
La estética de la heteronimia aparenta la ocultación del autor conocido, para abrir un supuesto que dé cabida a la manifestación de otras fracciones de la personalidad que componen su identidad. En términos literarios, la heteronimia puede ser vista como un tipo de metaliteratura, al ser una superposición de expresiones literarias que giran en torno a la redundancia de la ficción y que está cobijada por una autoría apócrifa. Creo que en Padilla la heteronimia significa un acto escriturario que se reduce a una técnica, un mecanismo, un instrumento creativo. Asimilada la práctica apócrifa, su aplicación se ajusta perfectamente a la obsesión que tiene por mostrar su rostro con otro rostro mediante la escritura. Su heteronimia no es una necesidad vital, como la propia escritura, ni tampoco un canal para seguir vigente, es un medio estético que le permite transfigurar la presentación de su idiolecto.

II.- EL ENMASCARAMIENTO:
Cinco libros de narrativa y un poemario bilingüe constituyen hasta la fecha, el itinerario creativo-escriturario de Feliciano Padilla (Abancay, 1947). El primer libro La estepa calcinada fue publicado en 1980, luego se vino una sucesión de libros que no hicieron otra cosa que corroborar el proceso formativo del escritor y, más que su consolidación, su logro expresivo y estilístico coronados de un acento propio. Si bien es cierto, en su obra, sobre todo, hay un placer estético por revisitar las cosas del mundo andino que, ayudado por el mismo placer de las palabras y muy frecuentemente por la ironía y un espectro vastísimo de imágenes poéticas combinadas con un espíritu de desasosiego, hace de su narrativa (todos sus textos anteriores) un camino sinuoso y deslumbrante que tiene no poco de sus orígenes en la obra de Rulfo y Arguedas.
El fenómeno heteronímico en este reciente libro de Padilla (debo anotar que esta es una heteronimia inversa, de autor hacia personaje, no de su autor a otro autor), puede ser visto como una forma, es decir parte de un estilo. El estilo reside en la sensibilidad con la que cada escritor crea, y ese espacio donde reside es siempre una individualidad única, sea esta individualidad el alma del escritor o poeta. No solamente es una cuestión de estilo lo que gira en torno al fenómeno heteronímico. En Diez cuentos de un verano inolvidable es considerado como un «yo» notorio para su mayor claridad expresiva-teórica. Aquí podemos ver al fenómeno heteronímico como una forma de facilitarnos la indagación que se pueda hacer de la obra Padilleana, pero también como un mecanismo para que el autor pueda expresar interioridades a través de otros rostros, otros nombres que al final son él mismo. Es así que la herramienta heteronímica funciona como canal de expresión literaria, en este caso narrativa. De no ser así, cada heterónimo necesariamente tendría que ser considerado como un autor, con todo lo que implica esa palabra.
Tal parece ser que el mejor heterónimo epónimo es MarianoVillafuerte. Personaje que en Diez cuentos de un verano inolvidable representa la niñez (Eres bueno para nada), la juventud (Aquel examen desastroso) y la adultez (Bajo el jazmín chino, Crónica de un amor secreto) de Feliciano Padilla. Es decir nos encontramos con una sucesión de escenas en las que hay un personaje que aparte de ser el hilo conductor, también celebra una magnificencia de lo que el autor como tal no podría hacer ni decir; entonces usa la máscara heteronímica. Tal vez esto sea muy recurrente en la narrativa y especialmente en la poesía; sin embargo, hay algo que hace que esto sea singular en este libro, y es que Padilla escribe estos cuentos llegando a las fronteras de ceniza, en el camino donde las luces empiezan a opacarse y el clima es frígido y, especialmente, donde muchas cosas para la vida dejan de ser las mismas. Tal es el grado de percepción de la finitud que uno de los heterónimos llega a decir: Al final, si de todas maneras me lleva la muerte, no se llevará gran cosa. (Eres bueno para nada, pp. 43).
Esto supone que en Diez cuentos de un verano inolvidable se pretende trasladar este enmascaramiento al juego literario de la heteronimia. Este enmascaramiento se da no desde la perspectiva de autor, sino desde los personajes que representan al autor, pero de manera muy notoria. Diremos entonces que estas formas heteronímicas alcanzan una nueva modalidad de cubrir un rostro con ayuda de personajes. Si se contempla que cada uno de los heterónimos pretende contener, imitándolas, las determinantes de la individualidad, ninguno de ellos mantiene una verdadera autonomía, pero sí una estilística y una temática.
A final de cuentas, en Diez cuentos de un verano inolvidable la constitución de cada heterónimo y del mismo narrador ortónimo depende, en última instancia, de los determinantes externos que impone el mundo, realidad concreta o caos abstracto. El heterónimo será, en Diez cuentos de un verano inolvidable, un personaje literario que aparenta ser una realidad muy cercana a la imagen abstracta, independiente del autor, pero dependiente tanto de la voluntad creativa del escritor, como de las circunstancias externas que rigen la realidad en la que se gesta. El heterónimo no puede ser por sí mismo, dado que no responde a su voluntad sino a la voluntad de la pluma que lo escribe y dibuja.
En Padilla, la heteronimia es un instrumento de defensa ante su imposibilidad para avenirse en determinadas circunstancias narrativas: la heteronimia podría tomarse como una especie de salvavidas al que se aferra para sobreponer los obstáculos y los avatares de la realidad concreta. El fenómeno heteronímico podría ser considerado como una lucha contra un desasosiego interno, un aislamiento que, paradójicamente, hace de la soledad su arma fundamental: mediante el cultivo de su soledad Padilla intenta romper su aislamiento y logra erigir su narrativa como punto de quiebre.

III.- LA FASCINACIÓN DESTRUCTIVA DE LA MUERTE:
Foucault se refería al desfallecimiento como la contención de todos los males del hombre, que los dioses enviaban a los héroes mediante el poder de la palabra. Las deidades habrían hecho llegar a los mortales el incontable número de las desgracias para que las padecieran, pero también para que las contasen a lo ancho y largo de esa infinitud del lenguaje. A través de éste, tal sufrimiento se desenvolvería, infinitamente, por la extensión laberíntica de la palabra y por el choque inacabable de sus repeticiones. La muerte, por tanto, habitaría como promesa, como padecimiento último, en los intersticios del verbo, y sin embargo, y a manera de réplica, los hombres tendrían esa capacidad de corear aquellos mismos males sosteniendo el habla y distrayendo a la muerte en la infinidad de sus palabras.
El lenguaje, como un cuerpo repetido que, por medio de esa repetición, hace posible la literatura, no dejaría de dar noticia de esa muerte que cuenta mientras se escribe, que aplaza a través de una escritura afanada en distanciar aquello que nombra. La muerte no puede entrar en el cuerpo entero del escritor. Es por ello que la estrategia narrativa de Padilla consiste en regresar a la memoria y desde allí visualizar y visualizarse en perspectiva, con las posibilidades y las limitaciones —con la sensibilidad y la selectividad— propias de una representación heteronímica: propias del gesto de volver a presentar algo o de traer algo hasta el presente.
De ahí que lo tácito, lo imborrable, lo paradójico, lo latente y lo irónico tengan lugar en este conjunto de relatos que se pronuncian sin vacilación y que callan sin remordimiento; de ahí que el autor sea un personaje entre tantos otros en esta fidedigna puesta en escena de un pasado inmediato. Y pueda ser también por ello que estos personajes gocen de cierta fortuna porque determinadas circunstancias causan un quiebre en la infernal vida de recuperación del autor, pero también porque aunque estaban en la memoria, preferían seguir allí que emprender el camino del olvido. Son personajes epónimos a la vez identificados, pero también son todos un mismo nombre, un único hombre, porque ante la amenaza de un adiós, la memoria retorna. Padilla sabe cuidar finamente sus mecanismos narrativos, el lenguaje, especialmente, sabe arriesgar con la peligrosa imbricación de ciertos rasgos decididamente realistas, por eso sus textos capturan la atención desde el principio y se mantienen hasta el final.

IV.- UN OTOÑO INEVITABLE:
La original riqueza de la narrativa de Feliciano Padilla no surge solamente por contraste con el indigenismo predominante en el Puno de los años cincuenta y sesenta, sino que incluso trasciende la coyuntura temporal. Aunque se nutre de materiales autobiográficos (motivos heteronímicos-epónimos), su escritura excede lo anecdótico, provocando un extrañamiento —diferente al del género fantástico— cuya singularidad, antes que de sus temas o motivos, proviene de específicas operaciones formales y de un nivel figurativo más cercano al lenguaje poético. Su obra se nos revela como la búsqueda desvelada de abordar una realidad más auténtica y profunda que la que nos propone el sentido común, los estereotipos o las convenciones. Esta es una colección de historias hábilmente construida, aunque su carácter lineal y moderado privará al lector de algunos relieves, cambios de ritmo o sorpresas narrativas eficaces. El libro es, sin embargo, un gran retrato de la superación de una menoscabada situación física-emocional, y ahí aparece uno de los mejores ingredientes de la obra: el redescubrimiento de uno mismo, entre líneas, de un fino perfil idílico, una aguda ironía y una complaciente melancolía, donde todo apuntaba, inicialmente, a un texto tan serio y solemne como el modo de ser del protagonista. Desliza también, Padilla, gran erudición en el análisis de la medición y naturaleza del tiempo a través de las revitalizaciones de los personajes y, sobre todo, esa traslación heteronímica de señalamientos y marcas de ser uno en otros a través de la máscara.
Feliciano Padilla, reconocido como creador e intelectual de referencia obligada en el panorama de la literatura puneña de nuestro tiempo, con este libro nos reitera que su presencia en la vida literaria de las últimas décadas resulta medular. Casi con el mismo ensalzamiento que la crítica aplaudiese en su debut narrativo cuando en los años 80 saliera a luz La estepa calcinada, e idéntico acierto para captar instantes que revelan existencias casi completas, Feliciano Padilla está aquí con nosotros para ofrecernos estas historias sencillas como los lugares que las albergan, y a la vez tan singulares como lo es la aventura diaria de cada uno de nosotros. Sus personajes transitan por esos territorios que no nos son posibles esquivar. Con una prosa ágil, pero cada vez más atenta al detalle, la vida de hombres y mujeres aparece profundamente marcada por el hecho de habitar una gran ciudad, una ciudad de las que te buscan para acariciarte con su clima estival. En ella se dan cita las memorias de Mariano que sobreviven desempeñando toda suerte de conmemoraciones, incluyendo los anhelos de aquellos que ya se han marchado. 
Padilla, en Diez cuentos de un verano inolvidable, se presenta obviamente como un sujeto en trances que busca su 'salvación' en una discursividad que atenta precisamente contra esa identidad o salvación del sujeto sicológico. El Flaco Mariano sólo puede perseguir como solución a su crisis una vocación de revisitación, de protagonista de la ausencia. Alguien tira los dados y mueve la ficha. Esa ficha somos nosotros: la verde, la azul, la amarilla o la roja. Pensamos, ingenuos, que nos movemos libremente sobre ese tablero que llamamos vida, trayecto vital o narración autobiográfica. Y entonces uno se vuelve un cazador, el escritor de cuentos es un cazador de historias, alguien que vive al acecho de cada instante, de cada amanecer. Pero, creo que al final de este texto, la mejor de las heteronimias se da con la inigualable máscara que habla y escribe en este libro: la expresión literaria de un sujeto narrador que siente el final de la vida, pero que no se queda cruzado de brazos esperando ese final, sino que más bien asume otra vida más alta: la escritura que no cesa, tal como diría Maurice Blanchot: «y sin embargo, la muerte me habita, me habita a través del lenguaje, participa de mi palabra y se define por esa separación, por esa diferencia con la escritura. Cuando hablo, la muerte habla en mí. Mi habla es la advertencia de que la muerte anda, en ese preciso instante, suelta por el mundo, de que entre el yo que habla y el ser que interpelo ella ha surgido bruscamente: está entre nosotros como la distancia que nos separa, pero esta distancia es también lo que nos impide estar separados, porque es la condición de todo entendimiento. Ella sola, la muerte, me permite asir lo que quiero alcanzar; ella es en las palabras la única posibilidad de su sentido. Sin la muerte, todo se hundiría en el absurdo y en la nada. Entonces, hablar, escribir, me aproxima a la muerte, me hace parte de esa muerte que habita en las palabras porque ahora yo habito en el nombre, en el discurso, como su objeto o su autor: me nombro, es como si pronunciara mi canto fúnebre: me separo de mí, no soy ya ni mi presencia ni mi realidad, sino una presencia objetiva, impersonal, la de mi nombre que me excede, cuya inmovilidad petrificada realiza para mí la función de una losa funeraria pesando sobre el vacío. Cuando hablo, niego la existencia de lo que digo, pero también niego la existencia de quien lo dice».

El narrador Feliciano Padilla en pleno trance literario, flanqueado por el novelista Christian Reynoso



Junto al maestro Feliciano Padilla, una fotografía para el recuerdo de la 2da. FIL - Juliaca 2013


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LUCIDEZ Y DELIRIO EN «EL LIBRO DE LAS SOMBRAS»

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LUCIDEZ Y DELIRIO EN
«EL LIBRO DE LAS SOMBRAS»


Walter L. Bedregal Paz


 La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente, con este laudo de François Mauriac podríamos empezar una lectura de «El libro de las sombras». Este libro —merecedor, el año 2011, del Primer Premio Copé Internacional de Poesía en Perú— de Darwin Bedoya (Perú, 1974) es un poema/novela que tiene como protagonista a la memoria ataviada de muerte: desde la voz del hijo/caballo se reconstruye toda una época; y a la vez se ofrece la regresión de la formación de un mundo, un cosmos, que es la clave del destino. La infancia huérfana, el olvido y la algarabía nostálgica, son algunos de los hitos que suscita este recordar. Además, están claramente los desafectos, la melancolía y los años primeros de una vida —en contraste con los paratextos—transcurrida en algún lugar del sur peruano, en el conjunto de las decisiones, en aquellos sitios de traspase donde la vida era otro mundo y hablaba en direcciones contrarias, todo eso se somete al escrutinio del narrador/lírico. Es él quien recuerda, reconoce la mirada de aquel día de huesos y de ceniza. Él es el caballo que se acerca con mayores vértigos y a pasos agigantados a un lugar hace tiempo abandonado. Su conciencia y su vida son la nuestra cuando expresa el pronunciamiento final: [Sabrás que tu esqueleto amarillo, ese caballo errante que agoniza en ti, ese hueso andante ya no vivirá con la esperanza de llegar a ser un recuerdo. Podrás olvidarte de eso. Porque ahora, desde tu nuca empieza a nacer un nuevo amanecer. Desde allí podrás ver que soy tu oscuridad última, y que estas palabras serán el tamaño de tu sombra. Ya vienes: se oye el derrumbe de los pastos. Los pájaros levantan el vuelo. Las neblinas se disipan con el mismo gesto de esta desesperación que nos hace semejantes. Tu dentadura de caballo viene raspando el rocío. Próximo Caballo, viento sentado, Caballo próximo, suelta esa cabellera de serpientes. Aprieta tus labios para que no logren escapar los nombres que quieres decir. Que nadie diga nada. Que comience otra vez el silencio, que no se acabe tu nombre antes que la eternidad empiece a terminarse.]



Darwin Bedoya, su discurso al recibir el Premio Copé

Los diez libros  que hacen el poemario total, son un solo texto llevado a lo fundamental: estar vivo junto a los demás, incluso junto a los muertos. Esa atracción, contradictoria y casi imposible, convierte la experiencia del mundo en un imán y en una fulminación: «El libro de las sombras» es el libro de los muertos que están aquí con nosotros: todos vivos, y tornándose al final en la confusión del cuerpo. La voz del sujeto lírico avanza hasta su propia raíz, en espirales, hacia la oscuridad/luminosidad que no tiene nombre o que se puede denominar de muchas formas, como se afirma en todo el discurrir lírico/épico, épico/lírico. Los textos oscilan entre la evocación de una atmósfera de nítidas memorias a la contemplación intensa de la vida contigua y sus continuidades; todo ello coronado de una decisiva hondura épica que no es otra cosa que la audacia en la forma expresiva/poética y una indudable sinceridad y revelación de los instantes del mundo que al poeta le han demorado y le han atravesado. Estos poemas se fundamentan en la hondura de la percepción y traban una relación entre las evocaciones arquetípicas y la vida cotidiana, para rescatar el valor y la dimensión de los héroes de nuestra vida, la vida plena de aquellos que tienen su sitio en la muerte y en la vida, en el tiempo y el destiempo, en el despertar y en el dormir, en el abandono y la memoria, inclusive en el olvido.
Creo que no era posible narrar/fabular una épica de esta magnitud y gradación. No era posible la entelequia de un imaginario tan intenso como el que encontramos en este libro. Por si fuera poca imposibilidad estética, creo que no era fácil presuponer una necesaria estabilidad lírica, una voz definitiva, con colectividad de más de tres voces líricas primordiales, activas y presentes para reemprender el camino formal épico alrededor de la vida y la muerte, o en busca de ambas.
Este libro nos hace pensar en los más recientes intentos épicos anteriores, por ejemplo en el «Anabase» de Perse, «Los Cantos» de Pound, el «Canto general» de Neruda, «Canto a un dios mineral» de Jorge Cuesta, «Omeros» de Derek Walcott, «El Preludio» de Wordsworth, «Muerte sin fin» de Gorostiza, y, en las «Elegías de Bierville» de Carles Riba y tantos otros que fácilmente podrían conectarse con este cosmos épico-genésico de Bedoya. Lo que hace «El libro de las sombras» no es coincidir con los destellos de lucidez y delirio, sino, desarrollar la intensidad de estos elementos, al margen de su sesgo estrictamente lírico. Es esperanzador el conocimiento de la poesía de este libro: hay personajes, hay un lenguaje rotundo, hay contundencia constante. Hay tiempo, hay lugar, hay escenario esperanzado, hay una certeza de saber hacia dónde se quiere llegar, pues en esa ruta de «poetizar» la memoria, la poesía escurre elegías y elegías que hacen un todo desequilibrador. Si Pound estetiza la épica al límite de la no épica con fragmentos que definen el modo de transmisión estética, que a la vez se imponen como forma para conseguir la poesía final, es por la búsqueda de la poesía. En tanto Perse pone en práctica los recursos del «homo faber» (lucidez), profundamente enraizado en una ritualización tribal: la tribu avanza por producción, incluso los quehaceres indigentes están tomados en cuenta no por olfato de una buena tierra, es por la búsqueda de la poesía. La épica absorbe tiempo, pero no lugar. La épica de Gorostiza es estetizar la negación de la muerte, tanto o igual que la épica de «El preludio» de Wordsworth (delirio), ambos por la búsqueda de la poesía. Es evidente que el delirio y la lucidez muchas veces se necesitan, otras veces convergen, aunque si tenemos en cuenta los textos épicos inmediatos anteriores, veremos que tienen sus propias raíces de estallido, que además pueden ser comunes a poemas de otra naturaleza; pero lo importante aquí es que se hallan inextricablemente enlazados al poema extenso contemporáneo donde, desde ahora podría apuntarse «El libro de las sombras».
«El libro de las sombras» es un poema extenso y demoledor en el que se transita por la muerte y la poesía, desde la noche de las sombras, hasta el retorno casi genésico del protagonista de este poema/novela. Así, con sentido cosmogónico y cotidiano, las imágenes acontecen fluctuantes entre los dos extremos de lo místico: el fin y comienzo de las memorias y lo más inmediato y comprensible de las pasiones humanas: su deseo de abolir la muerte y sus demonios. Este intenso poema está concebido como un viaje personal, pero también como un despliegue quimérico para cualquier humano. Los versos de este poema/río buscan entender el destino, ya sea en lo celeste de las constelaciones o en lo terrestre de los sentidos corporales. Este es un deslizamiento legendario y odiséico, épico y ancestral y, sobre todo, terrenal.
Si no dijéramos que «El libro de las sombras» considera a la casa familiar —la casa en la que uno nace y va creciendo junto a sus padres, sus hermanos, su familia—; estaríamos obviando un espacio muy importante del libro, porque hay muchas cosas referidas a este aspecto. Fulgen de por sí los nexos que vinculan este asunto familiar con la memoria llena de recuerdos y de imágenes que nos fueron marcando de señales, de cicatrices, de heridas como árboles, de un tiempo que ya sólo retiene la conmemoración, quizá se esconda en ella el principio de lo que fuimos, o la razón secreta que explique, en parte al menos, algo de lo que luego, con el correr de los años, hemos llegado a ser. El lugar de las cenizas y el pasto verde en el que aún se mueven como un potro en libertad ese cúmulo de emociones y de experiencias que se ha sentido en la casa familiar cuando, ya ausentes sus mayores, el joven Caballo regresa para encontrarse con los objetos, con los recuerdos, con los vestigios de otro tiempo al que ahora se enfrenta desde la nostalgia, la serenidad y una consternación que alcanza a sus muchas preguntas, evocaciones y redescubrimientos fulgurantes.
Sin duda, la propuesta poética del autor de «El libro de las sombras» es una extensa reescritura de la nostalgia y la muerte como signos de permanencia. La insondable prosa poética tiene en sus planes traspasar al lector las angustias, los sueños, los desvaríos, a través de esa conocida dicotomía vida/muerte donde el sentido de la muerte teje una señal que atraviesa los puntos nodales de su propuesta poética. Con este libro el autor procura desentrañar, registrar y entender esa extraña fragilidad de los vínculos humanos, el sentimiento de inseguridad que esa inconsistencia inspira y los deseos conflictivos que ese sentimiento despierta, provocando el impulso de estrechar los lazos, pero manteniéndolos al mismo tiempo desajustados para poder desanudarse y poder seguir andando en este mundo tan nuestro y tan humano y tan imperfecto. Hay aquí también una asunción, consciente o inconsciente, de la tradición poética peruana que tiene nexos, esencialmente, con el Eielson de «Reinos», pues, sin duda, esta es una compleja elegía moderna de la infancia y adolescencia del autor, pero que se extiende para la vida entera. Tal vez por todo ello, la paradoja, los límites de la razón, el animal asediado por el silencio (delirio) traspasa ese mutismo y canta. El animal de costumbre siente en su viaje interior la necesidad de escribir (lucidez) y todo se confabula para que este relato poético pueda lograr su objetivo final: conectarnos con los secretos milenarios de la poesía, acercarnos al oráculo y al ensalmo lírico.

El poeta, el jardín, los recuerdos de las palabras...

  
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 Aquí el primer libro:


LIBRO PRIMERO
Mi padre ojos de caballo


 (Lo amarraron con cenizas, parecía una flama ardiendo sobre trescientos lomos que lo llevaban)


Manuscrito hallado entre huesos insepultos, Omate, 1944


Yo arrastré tu ataúd por un desierto de salamandras y escorpiones. Siete días con sus noches anduve manchando la tierra con el color de nuestra sangre. Y al fin llegué hasta la sombra del níspero que tú sembraste. Allí cavé un lugar para tus huesos, padre. Y fue en la ausencia del sol cuando supe que tus ojos se apagaron el día en que cientos de guerreros amanecieron colgando de tus labios. Desde ese día los pájaros no han dejado de cantar, por eso ahora en nuestro reino crecen enredaderas y helechos púrpuras. Por eso mis palabras hacen de este reino un puñado de ceniza esparcida. Porque te debo a ti esta sangre que recorre mi cuerpo ya sin ningún veneno. Ahora nadie cerrará tus ojos de caballo, tu mirada como un campo de leños ardiendo, tu mirada que alguna vez quiso anegrarse y que ahora nombra endechas y profecías.

: Aquel día, como si aconteciera la muerte de un dios, deposité los sueños del hombre sobre su pecho aún sangrante. Puse también, entre sus manos, un poco de maíz fresco para que no padezca hambre en su galope hacia otro silencio. Y muy cerca de su pecho, con el fin de mostrar al espíritu del viento que fue un tipo como ningún otro, dejé envuelta su ropa color arcilla y sus sandalias hechas con piel de hurón. Después, antes de abandonar su tumba, corté mi larga cabellera y la puse a sus pies, quise estar seguro de que guiaría su alma hacia el lugar donde, no obstante las tormentas y diluvios, viven los hombres de su estirpe. Y para señalar su tumba, amontoné quijadas de caballo, palos quebrados, hojas de higuera; quise poner una señal para que cuando su alma y otros caballos galopen por allí, sepan de la ruta más allá de la vida. En ese lugar, estoy seguro, todavía será un paisaje lento y lechoso. En las noches oscuras como esta, aún empezará a enredarse entre los cabellos polvorientos de sus muertos. Seguramente que sus ojos coronarán lo que queda de la esperanza, porque cada noche lo sueño tan lleno de contento que cualquiera diría que no es él.

: En ese alejamiento interior me puse a tantear lo improbable. Sin pensarlo siquiera, comencé a contemplar la distancia y logré saber del crecimiento innecesario de los pastos y los territorios del hombre; mis palabras de barro excedían. Desnudo en la sombra, recosté mis huesos sobre un cúmulo de chojas y hierba reventada; enmudecí. Entonces pude oír de la boca desdentada de mi abuelo: Hubo un tiempo en que nuestros muertos permanecían entre los vivos. Danzaban y bebían su muerte como si nunca fueran a terminarse. Algunos hablaban y callaban sentados sobre un trono de huesos. Ordenaban agua desde un reino de piedras y ceniza. No estoy hablando aquí de la muerte o la inmortalidad; estoy hablando de un animal que rebalsaba sentimientos. Un animal gris, solitario y silencioso; llevaba una corona en la cabeza. Ese descomunal incendio, mi padre: un caballo sin riendas brotando del fuego. Un animal gris al que de cualquier forma le sobrarán todas las edades juntas. Un rostro indefinido mezclándose con los paisajes del lugar. Caballo inmóvil durmiendo en tanta sombra, mi padre.

: Ahora es cuando empiezan a crecerte los muertos de todo este lugar. Quizá por eso me he vestido de incertidumbre y abandono, porque quiero que sepas de qué estoy hablando. Ahora es cuando los pájaros amanecen chamuscados en tu bosque. Este es el tiempo en que empiezan a crecer flores en cada hueso tuyo. Esta es la hora en que se suspenden los días dentro de ti. Entonces reescribo todos los silencios que me dejaste. Y aquí, justo al alcance de nuestras manos, la sombra de la soledad se hace polvo en tus axilas. Entonces lloro para desplumar los cientos de pájaros que ofrendaron su vuelo por ti, con ellos construyo ceniza emplumada para envolver mis manos. Y tú, con la certeza de que nadie trenzará tus cabellos ni pulirá tus huesos blancos, enciendes las hogueras en las quebradas y las colinas. Lo sabes bien, estos son los lugares del silencio, aquí está el templo de agua que se va deshaciendo. No olvidarás que tú me diste el vacío de la duda. Sé que tendré que quedarme aquí, en estas tierras de olor reconocible. Aquí tendré que conjurar tu sombra bajo este último cuerpo. Aquí dejaré atadas a la misma estaca, aquellas lágrimas que no quisiste secar con tus manos. Sólo tú sabes lo que puede significar el rastro del llanto en mis ojos. En tu misma muerte estaré viéndote, ese será mi único modo de tener un trato contigo. Mira bien la ropa que me he puesto esta tarde. Sabes perfectamente, Señor, a quién pertenecían estos mantos de arbusto y también sabes de qué te voy a hablar ahora mismo.

(SI RECUERDO TU ROSTRO, ES SOLAMENTE POR LAS GANAS DE VER UN CIELO AZUL A CADA INSTANTE.)

[...] Este montón de huesos brillando en la noche. Estos dedos de humo que van poblando tus sueños. Estas palabras antiguas confundiéndose con la ceniza, estas piedras que van rodando por tu camino; todo esto se ha vuelto una ruta de salamandras que corren hacia un reino que ya se hizo polvo hace tiempo, demasiado tarde para volver a soltar las aguas del río que nos daba de beber. Hablo de tus barbas de ochocientos días sin cortar. Hablo de tu ternura, esa que cabía en una sola palabra tuya, y que tal vez por eso sea para siempre.

[...] La última vez que estreché tu mano, dejaste que la lluvia lavara mis ojos. Dejaste que mis manos tomaran un durazno de esa mesa que nunca existió. Consentiste, padre, que mirara el cielo y que unas tiernas avecillas cayeran desplumadas y oscuras en tu lecho tibio. Si te hablo de nuestro reino, así como me ves, cubierto de saliva y espuma, es porque aún conservo tu silencio en mis manos, y como nunca, importan mucho nuestros corazones, caminando entre el pasto, las flores, la sangre; pero caminado hacia el lugar donde lavaremos nuestras penas. Tus palabras sólo existen como un sueño, como un repentino presagio. Nadie respira cuando dejo estas endechas sobre la humareda que provocan las trenzas de mi madre. Es el humo el que te persigue a donde estés. Tus palabras no eran solamente para hablar. La corona que tengo en la cabeza es el recuerdo más brillante que guardo de ti, es la imagen que no se desgasta, tu presencia que velaba mis sueños. La más delgada palabra que camina por los corredores del palacio sin nunca encontrarte. Mira hacia la entrada del reino: pedazos bermellones de excremento brillan en el patio. Tus enemigos se alejan tristes porque el silencio de tu voz supo callar como el viento y la manzanilla. Hoy sé que hallaré consuelo durmiendo con las puertas abiertas de nuestro reino. Tal vez la ausencia y yo hablemos el mismo bosque. Porque hubiese querido espigas de trigo y vino en tu frente, pero ahora gobiernas en el calor de un gran harén de hembras, eres un dios de otra parte, quizá por eso haya una colección de cuchillos pensando en tu pecho. Y quizá debido a eso sea comprensible que este luto de las danzas todavía esté tiritando por ti. Hay un piafar de caballos en los caminos largos que nos aguardan. ¿Es acaso éste un galopar y desbocarse de caballos en las cuestas? Hay una rienda suelta donde falta tu mano. Hay un centenar de ijares y espuelas que huelen a madrugadas. Un estribo de plata reclama el peso y la fuerza de tus pies. Hay alguien que reclama tu perfume de alfalfa por estos caminos pardos. Lejos, una mujer quema las arpas, rompe sus brazaletes, entre los relinchos de caballos a la orilla del río, quiere hablar, dos ánimas sombrías la abanican con mantones amarillos. Es una flor que sangra desde ahora. Es una lejana mujer.

(QUE DUERMAN PARA SIEMPRE LAS LIBÉLULAS QUE VOLABAN INCIERTAS EN EL FONDO DE SU CORAZÓN.)

El tiempo se desgasta lentamente cuando recuerdo sus sienes blancas y su barba tupida. Su voz aún mueve los arados y las cosas buenas de nuestro reino. Nadie sabrá cuántos pájaros han muerto en el jardín. Tampoco podrán escuchar sus palabras confundiéndose con el galopar de mil caballos desbocados. En esta tarde de neblina y silencio negro, vuelan bandadas de lechuzas hacia las retamas, allí guardo las sandalias ensangrentadas de mi padre. Lechuzas como un velo de muerte, sus silencios no pueden volar solos, no pueden vivir solos. No morirán solos. Mañana habrá una colección de nidos sombríos en el centro de sus sandalias. Mi padre será el silencio para siempre. Nadie sabe los secretos que él ha guardado en el armario de cedro. Nadie sabe lo que esconde en los bolsillos del suéter gris que usaba en invierno. Nadie sabe por qué los corredores principales del reino todavía huelen a incienso y mirra. Nadie sabe de sus manos arrugadas y del polvo que raspa sus ojos. Nadie sabe que antes de recorrer ese camino, él era el camino.
(MI PADRE VUELVE A SER EL MISMO SILENCIO DE ANTES, ÉL ES EL CABALLO QUE, AL IRSE, LE REGALÓ CIEN AÑOS DE VIDA A MI NIÑEZ)

Éstas fueron las únicas palabras que alguna vez le oí decir: LLEVAS UN HERMOSO ANIMAL DENTRO DE TI. NUNCA SUELTES EL CIELO QUE AHORA GUARDO EN TUS MANOS. Alto y duro como un trozo de lloque, mi padre abrigaba su reino como un cóndor su nido. Entre los cactus descansaban su grito y sus ojos. Cada nuevo día despertaba cubierto de rocío. (MI PADRE ERA UN TROZO IMPORTANTE DEL AMANECER.) Al ver salir el humo de los pastos y notar que las lechuzas vuelan en silencio, pienso que mi padre no volverá jamás, su sombra, niebla errante, cubre estas palabras. Las riendas que se arrastran en la comarca se confunden con la polvareda. Siento que al amanecer un aguacero inundará mi corazón. Hace ya mucho tiempo que nuestros huesos permanecen esparcidos en el baúl de cedro que celosamente cuida nuestro perro guardián, allá en la casa de la mamagrande. Será por eso que esta noche sacudo con desesperación la ceniza y la polvareda que pretenden envolver nuestras palabras, esas que aprendieron a decir ternura sin el mayor esfuerzo. En las aguas del río que marcan el más grande límite de nuestro reino, allí cortaré mi frente y haré que mi sangre alcance los pies de mi padre. Entonces habrá un nuevo territorio y será poblado por extraños animales. Entonces estas aguas dejarán de ser rojas. El nombre de mi padre significará eternidad. Estará escrito sobre el agua y el cielo y en los silencios de estas palabras. Cada vez que hable de mi padre, la muerte sabrá encogerse en algún lugar de los establos. Ahora debo enterrar en la ceniza la luz de las candelas que brillan en la punta de los cerros. Si él supiera que el silencio hace flores esta tarde en que cruzan pájaros viejos entre los sauces. Si él supiera que pienso estas cosas sentado bajo la sombra de un níspero enorme. Si él supiera que hubo un tiempo en que no creí que era mi padre. Una mañana vi claramente que salían astros de los ojos del Rey, entonces dije: mi padre es Dios. Desde ese día solía verlo en las noches inventando estrellas, fraguando la perfección de la muerte. A veces, cuando las lluvias se alejaban, yo lo veía trazando oscuras nubes. Ahora hay sequía y polvareda en nuestro reino. Si él supiera. El ruido de estas palabras no despertará sus ojos, sólo su nombre, casi como aquella Leyenda del Rey y la muerte.

Otra lectura de "Cuaderno de ceniza" a cargo de José Gabriel Valdivia